Lacajapino

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Celebración de un gol

Desde hace unos años, desde que Florentino Pérez decidió amenizar el Silencio de los Palqueros en que había transformado el Miedo Escénico del Santiago Bernabéu por su obcecación en VIP y turistas, una suerte de salmo responsorial hace las veces de asordinado hilo musical desde el Fondo de Concha Espina, ese que antes se llamaba Sur. Deben ser unos tres o cuatro años con la dichosa tonadilla, cuya ininteligible letra no se saben más que los que allí concurren.

La cantinela dice no sé qué de que, cuando les entierren (a ellos, a los de ese fondo, imagino), lo hagan en un ataúd pintado de blanco. Como demostración de su madridismo, se supone. Ataúdes blancos, como a los niños en la tradición cristiana. La serenata, machacona, pero con escasísimo éxito de crítica y público, no digamos ya de repercusión, va siendo conocida entre chanzas como “Lacajapino” por los abonados del Bernabéu. Pseudónimo fiero donde los haya.

Un derbi sin público, eso era lo que nos habían dicho. Pero era mentira.

El pasado jueves, incauto de mí, me puse en la tele el Sevilla-Betis con el que la Primera División regresaba a nuestras pantallas, tras tres meses de parón. Cómo serían las (pocas) ganas que no hubo liturgia previa: no destapé una cerveza ni preparé algo para picotear. Así, a la brava, que el mundo es para valientes. Aunque calculé mal: no para tan valientes. Un derbi sin público, eso era lo que nos habían dicho. Pero era mentira.

Había unas especies de aliens blancos y ¿rosas? asomando de los asientos de la grada baja del Pizjuán, ejerciendo de público gracias a la magia digital. Pero sólo en las tomas largas. En las cortas, los teletubbies computerizados no estaban, igual que tampoco asomaban por la grada alta. El horrible delay de su fantasmagórica aparición en los saltos de cámara hacía la escena aún más dantesca. Todo el mundo está sumido en una crisis pandémica, pero LaLiga española se empeñó en transmitir al mundo un partido de fútbol con espectadores de mentira, y que se viera bien que eran de mentira. Un espanto.

La charlotada de los jugadores del Sevilla acercándose alborozados a las gradas de Nervión.

Igual de espantoso que la charlotada de los jugadores del Sevilla acercándose alborozados a las gradas de Nervión acabado el partido para celebrar, cantando, riendo y saltando, el triunfo ante su eterno rival. Dio la sensación de que a estos futbolistas, los del Sevilla digo, les da igual que les animen 40.000 personas que se dejan su garganta, su paga y sus ahorros por impulsarles sobre el campo, que 40.000 asientos colorados, inertes. La liturgia es la misma, incluso dos escalones más sobreactuada. Surrealista.

Para rematar la faena, durante el partido, LaLiga, que ya nos había prevenido, intercaló un cancionero virtual de aficionados sevillistas. Para recrear el ambiente, decían. Chutaba Ocampos y al par de segundos en la retransmisión atronaba un “¡uyyyyy!”. Por supuesto, no había pitidos al rival, ni al árbitro, ni bufidos de reprobación ante un pase fácil fallado, ni guasa y cachondeo. Era todo como el fútbol de las Pinypón, edulcorado, sonidos monocordes que hacían de la retransmisión algo antinatural. 

El Madrí, mi Madrí postcoronavirus, arranca este domingo ante el Eibar, y esta vez sí habrá cerveza y algo de picar. Eso sí, espero que el DJRealizador no nos pinche “Lacajapino”. Aliens, los que quiera, que incluso algunos saldremos mejorados. Pero que me torturen con ese soniquete en mi propio salón es ya excesivo.

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