Tal día como hoy, 24 de abril, pero de 1983: ‘El Príncipe’ Francescoli debutaba con River

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“Todo lo que aprendí, mi técnica, mi juego, lo hice de él. Era el jugador al que quería parecerme”. Son las palabras de Zinedine Zidane cuando un día fue preguntado por Enzo Francescoli, uno de los futbolistas más elegantes que el mundo ha visto. Tal era la devoción de Zizou por el uruguayo, que incluso llamó Enzo a su primer hijo por él.

Lo cierto es que Francescoli era poesía mucho antes de lo que lo fue Zidane. Algunos, muchos, se preguntan cuál es la razón por la que no se incluye a Francescoli entre los nombres más distinguidos de la historia del fútbol y por qué los más jóvenes desconocen su talento. Un ejemplo de ello es esa pregunta que hacen los que han disfrutado de su juego a las generaciones más recientes.

“¿Te suena un tal Francescoli?”. Y lo hacen con miedo, con temor a que la contestación sea un: “No, pero será un futbolista italiano ¿no?”. La respuesta a esa cuestión debería estar a la altura de las de “¿Te suena un tal Marco Van Basten, un tal Matthaus, o un tal George Best?”. “Pues claro que sí, ¿quién te crees que soy?”

Hoy se cumplen 37 años del debut del uruguayo en River Plate. Un pipiolo de 21 años aterrizó en Buenos Aires en 1983 procedente del Montevideo Wanderers y acabó convirtiéndose en el extranjero que más goles ha marcado con el club argentino: 137 en 237 partidos, divididos en dos etapas.

Con la selección, el uruguayo llegó a cuatro finales de la Copa América y ganó tres de ellas. Casi nada. Con River, Francescoli conquistó siete títulos, entre ellos la Copa Libertadores de 1996.

Tras su primera estancia en el equipo, en 1986 puso rumbo a Europa, donde jugó durante ocho años. Primero, en el Racing Club de París; después, en el Olympique de Marsella -donde ganó una Ligue 1-, Cagliari y Torino. Pero su corazón estaba en River, y allí es donde decidió acabar su carrera. De hecho, hoy es el director deportivo del club.

Francescoli era elegancia y deleite; era música celestial; y sus versos estaban a la altura de los de Shakespeare, Lorca o Góngora.